Imprescindibles

Un fin de semana con cielos claros y un sol que calentaba el tibio ambiente otoñal y no se nos ocurre más que atrincherarnos en almohadas de seda desgastada y un ambiente turbio repleto de cigarrillos sin acabar.

Un sábado donde la palabra alimentarnos se tergiversó en pequeños avituallamientos tras el escándalo proporcionado a los vecinos del bajo.

Mezclamos el picoteo con postres de sexo oral desvergonzado y duchas rápidas que aceleraban el hambre de nuestros cuerpos por agónicas siestas a cuerpo desnudo en el sofá, sin tiempo para el descanso.

Descargamos nuestra ira por un resultado injusto azotando el mismo sofá. Dejando tus pechos hundidos, marcados a fuego por la humedad de nuestros sexo.

Cuando se calmaba el deseo, desperdigado en mi boca o en la tuya, según el momento; reíamos atolondrados regando la planta que nos había contemplado sudar hace momento, ahora vestidos con una regadera fálica en ocasiones; vulva chorreante en otras.

Hubo tiempo para el silencio e incluso el arte. Pero eran descansos tensos.

Debió llegar la noche del sábado, pero nos pilló tatuando nuestros cuerpos a mordiscos y su posterior cura nos dejó en silencio un buen rato.

No nos enteramos del suicidio de un presidente hasta que el domingo me invitaste a desayunar un chocolate con porras en un bar que hacía por amanecer una ciudad desconocida para nosotros.

Su acidez nos llevó a colmarnos de dulzura, despertando a medio vecindario.

Desayunamos dos o tres veces más, entre albornoces y disfraces picantes de delantales con vuelo alto y falditas de tablas…

Leyendo en silencio libros afrancesados, apolillados en las estanterías de mi salón; hiciste florecer el poeta maldito que llevaba dentro hasta derramarlo sin control en tu boca por enésima vez ese domingo.

Pero una llamada perdida nos vistió con la ropa que habíamos dejado tirada en el suelo aquel sábado, ya lejano para nosotros…

La rapidez nos pilló desprevenidos.

La locura desatada hasta entonces, no sabía de tiempos y relojes y el despertar tan abruptamente nos produjo ceguera momentánea. No hubo tiempo para despedidas, sólo unas sonrisas que esperaban otro viaje en el tiempo a ninguna parte.

Hasta entonces, no dejemos que las cicatrices curen, sería un error y tú lo sabes.

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